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Café Internet

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Enviada por: Pornophilum            México

235786 - Comencé a frecuentar el café Internet que está a dos cuadras de la casa, mi esposo apenas me estaba enseñando a manejar la computadora, así que iba al café para revisar mis correos. Yo sé que lo que les voy a decir, lo cuentan la mayoría de los relatos falsos pero el encargado del café es un chico guapísimo, se llama Lalo.

El caso es que a la tercera o cuarta ocasión, le pedí ayuda pues no sabía abrir un archivo adjunto que me habían enviado y cuando Lalo abrió el archivo, me puse muy nerviosa y apenada, pues lo que estábamos viendo en la pantalla era una serie de fotos pornográficas. Sorpresivamente, Lalo ni se inmutó, luego me preguntó si me gustaban esa clase de fotos, ya que él podía enviarme las que le mandaban sus cuates por correo. Así se fue dando una amistad más sincera y relajada entre los dos.

Como a los dos meses de estar asistiendo casi todos los días al café Internet, le comenté a mi esposo que Lalo era un tipo muy simpático y agradable; él me dijo que un día de éstos, me acompañaría al café para conocerlo.

El día que mi esposo conoció a Lalo, él estaba en cuclillas junto a mí pues la conexión se había interrumpido y él me ayudaba en ese momento y como llevaba un vestido corto y no traía medias, podía sentir la respiración de Lalo en mis piernas. En ese momento, me decidí a enseñarle en la computadora una de las fotos que mi marido me había tomado en ropa interior.

Lalo no se sorprendió tanto como yo había esperado pero me aseguró que la foto era muy buena y que yo me veía ¡súper sensual!. En el momento en que Lalo se incorporó, con su mano tocó una de mis piernas y sentí como hormiguitas subiendo hasta la entrepierna, ¡me había excitado con tan solo tocarme!. En ese mismo instante, entró mi esposo al café y Lalo se puso muy nervioso.

Al día siguiente, le traté de explicar a Lalo lo que hacemos las parejas swingers pero, a pesar de ser una persona muy abierta y simpática, la idea prácticamente no le entraba en la cabeza. Cuando comprendí que iba a ser muy difícil hacer un trío con él, le pedí permiso a mi esposo para seducirlo yo sola; a mi esposo le encantó la idea, así que la semana siguiente, calculando la hora menos concurrida, me presenté en el café estrenando un vestido de algodón de color amarillo con florecitas azules estampadas. Por supuesto, no me puse pantaleta y me había rasurado el pubis dejándome tan solo un cuadrito de vellitos arriba del clítoris.

Cuando me senté en la computadora del rincón, mis piernas ya sudaban pero tuve que esperar a que todos los clientes se fueran para pedirle “ayuda” a Lalo. El archivo que abrió Lalo resultó ser un mensaje suyo, eran una serie de fotos animadas para el programa PowerPoint, en donde una pareja hacía el amor en una oficina y obviamente, la herramienta del chavo era hermosa, larga y gruesa.

Eran unas fotos excelentes, pornográficas totalmente pero muy sensuales, en donde la chica no tenía un solo vellito púbico, estaba completamente “desnuda”. Entonces se me ocurrió mostrarle a Lalo mis fotos atrevidas, así que saqué un disco flexible de 3½” de mi bolsa y le pedí que lo abriera. Me puse roja y muy apenada cuando las primeras imágenes me mostraban rasurándome el pubis, en otra me abría las nalgas con las manos mostrando el culo dilatado y la vulva mojada.

Al verlas, Lalo tomó una silla, se inclinó hacia mí y me plantó un beso en la mejilla, diciéndome que me veía ¡bellísima!, yo le pedí que continuara abriendo las fotos. En la siguiente imagen, aparecía la gran verga de mi marido saliendo de mi vagina babeante, inclusive, se alcanzaban a apreciar algunas gotas de semen escurriendo por mis labios.

Lalo puso la mano sobre mi rodilla y exclamó “¡órale, eso está buenísimo!”, al tiempo que me apretaba la rodilla, enseguida las hormiguitas volvieron y cerré los ojos. Me armé de valor y le devolví a Lalo el beso que me había dado momentos antes pero ahora en la boca y subí mi vestido lo más que pude en la silla.

Él entendió el mensaje y su mano caminó directamente a mi entrepierna, al llegar a ella, él se estremeció y me preguntó asombrado “¿no traes calzones?”, yo le respondí con un jadeo pues el tacto de su mano me estaba prendiendo más. Luego, él pasó la otra mano por atrás de la silla y me apretó firmemente mis nalgas, como buscando mi culito.

Empecé a gemir como loca, no me importó que alguien pudiera entrar y sorprendernos fajando y así, cuando Lalo hubo mojado totalmente sus dedos en mi jugo de amor, metió con violencia uno de sus dedos pero en mi ano. Al sentirlo, di un salto en la silla pues no esperaba tanto atrevimiento y mientras tanto, la mano de atrás ya subía por mi espalda desnuda.

Con esto, me sentí a punto del orgasmo y para lograrlo, comencé a subir y bajar sobre ese dedo que invadía mi culo y también, a pellizcarme los pezones. Además, Lalo logró bajarme el cierre trasero del vestido y entonces, mis senos pequeños, pero dulces y suaves, saltaron hacia afuera. Enseguida, yo misma me jalé el brassiere hacia abajo y quedó hecho bolas junto con el vestido, en mis caderas.

Amo a Lalo porque supo hacerme gozar y al intuir que estaba por venirme, me metió un dedo en la vagina y me mordió la oreja con fuerza, así pude orgasmearme como loca en la silla y chorrear la mano de Lalo con un líquido caliente, parecido a la orina, ¡me había hecho venirme como ninfómana! y sin dar tiempo a que mi cuerpo dejara de temblar, se bajó los pantalones y el calzón, luego se volvió a sentar en la silla y me preguntó si quería cabalgar pero yo no podía meterme su pito sin antes darle unas dulces chupadas, así que procedí a hacerle una felación.

No sé por qué pero se me ocurrió escupirle la verga para lubricársela mejor con mis manos, luego me metí toda la reata varias veces hasta que Lalo me suplicó “¡bijou, ya métetelo, por favor!”. Él obedeció, así que le puse el condón yo misma y con la misma fuerza con que él me había culeado, me di un sentón sobre su palpitante verga. A él pareció dolerle al principio pero su verga incluso se hinchó más.

En esta posición, él no podía moverse mucho así que pudimos sexear largos minutos de una forma deliciosa, al tiempo que Lalo me babeaba las tetas y luego, me las mordisqueaba con lujuria. Al mismo tiempo, le grité a mi amante “¡Lalo, te voy a pedir un favor!, cuando me esté viniendo me metes nada más la yema del dedo por atrás, ¡¿si?!” pero Lalo no podía contestar, pues jadeaba como búfalo.

Dos minutos después, me dio gusto dedéandome suavemente al tiempo que un potente torrente de semen inundaba mis entrañas; yo volví a sentir hormiguitas pero esta vez fueron millones de hormiguitas, ¡cada poro de mi cuerpo gozaba el placer de un glorioso orgasmo!.

Cuando Lalo cerró el local, me invitó a cenar y me compró una coqueta tanguita negra en Sanborn’s, luego nos dimos un abrazo de amantes. Yo me sentí más mujer.

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